Algunos libros son leídos, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos.
(Francis Bacon)

lunes, 7 de abril de 2014

El amor y la locura - Eduardo Galeano

Cuentan que una vez se reunieron todos los Sentimientos y Cualidades de los hombres en un lugar de la tierra. Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura, como siempre tan loca, les propuso. “Vamos a jugar a las escondidas!” La Intriga levanto la ceja intrigada y la Curiosidad sin poder contenerse preguntó: ¿”A las escondidas”?, y ¿Como es eso? “Es un juego” - explicó la Locura–, en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden, y cuando yo haya terminado de contar, al primero de ustedes que encuentre ocupara mi lugar para continuar el juego.
El Entusiasmo bailo secundado por la Euforia, la Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Duda, e incluso a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada.
Pero no todos quisieron participar: La Verdad prefirió no esconderse. ¿Para que? si al final la hallaban. La Soberbia opinó: que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) y la Cobardía prefirió no arriesgarse. —-Uno, dos, tres, cuatro,… comenzó a contar la Locura...
La primera en esconderse fue la Pereza, que como siempre se dejo caer tras la primera piedra en el camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que, con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse, pues cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: — ¿Que si era un lago cristalino? ideal para la Belleza. — ¿Que si la rendija de un árbol? perfecto para la Timidez. — ¿Que si el vuelo da la mariposa? Lo mejor para la Voluptuosidad. — ¿Que si una ráfaga de Viento? magnifico para la Libertad. …
Así terminó por ocultarse en un rayito de Sol. El Egoísmo en cambio encontró un sitio muy bueno desde el principio. Ventilado, Cómodo, pero solo para el. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris) y la Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes. El Olvido no recuerdo donde se escondió, pero eso no es lo importante.
Cuando la Locura estaba por el 999,999, el Amor aun no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado hasta que divisó una rosa y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.
— Un millón, contó la Locura y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue la Pereza solo a tres pasos de una piedra. Después se escucho a la Fe discutiendo con Dios sobre zoología. Sintió vibrar a la Pasión y el Deseo en los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y, claro pudo deducir donde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo. El sólito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar, sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la Belleza. Con la Duda resulto ser mas fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aun de que lado esconderse. Así fue encontrando a todos. Al Talento entre la hierba fresca, a la Angustia en una oscura cueva, a la Mentira detrás del arco iris… (mentira, estaba en el fondo del océano) y hasta al Olvido, a quien ya se le había olvidado que estaba jugando a las escondidas.
Solo el Amor no aparecía por ningún sitio. La Locura busco detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta y en la cima de las montañas. Cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal. Tomo una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto, se escucho un doloroso grito. Las espinas habían herido al Amor en los ojos. La Locura no sabia que hacer para disculparse. Lloro, Rogó, Imploró, Pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.
Desde entonces, desde que por primera vez se jugo a las escondidas en la Tierra… “El Amor es ciego y la Locura siempre lo acompaña!

miércoles, 26 de febrero de 2014

La rebelión

Autor: Joseph Roth
Título original: Das Rebellion
ISBN: 978-84-96834-30-9
Editorial: Acantilado
Fecha publicación: 1924
Fecha edición: 2008
Páginas: 148
 
Fragmentos;
 
Nuestro enemigo es la calle. En realidad es tal como se nos aparece, empinada y como una cuesta. Sólo que no nos damos cuenta de ello al recorrerla. Pero en invierno -lo leemos en los periódicos- los porteros y dependientes, los mismos que nos echan de casas y patios y cuyas palabras ofensivas nos persiguen, se olvidan de esparcir cenizas o arena sobre la helada superficie, y nos estrellamos contra el suelo, porque el frio quita movilidad a nuestros miembros.
...
Si el señor Arnold, de acuerdo con su situación social, hubiera tomado un coche para volver a casa, se habría ahorrado la última excitación de aquel horroroso día, y su camino no se habría cruzado de manera funesta con el organillero Andreas Pum. Así lo dispone, sin embargo, un destino traicionero: que nos hundamos sin tener culpa y sin que adivinemos el encadenamiento de los hechos; a causa de la rabia ciega de un desconocido cuya vida anterior ignoramos, de cuyo infortunio somos inocentes y con cuya concepción del mundo incluso comulgamos. Y es que actúa justamente como un instrumento en la mano destructora del destino.
...
Como cepos de hierro, las leyes acechan en los caminos que recorremos los pobres. Y aunque tengamos una licencia, acechan los policías en las esquinas. Siempre estamos presos y sometidos a la violencia del Estado, de los que tienen las dos piernas, de la policía, de los caballeros de las plataformas, de las mujeres y de los compradores de asnos.
...
¿En qué había creído? En Dios, en la Justicia, en el Gobierno. Había perdido su pierna en la guerra. Le dieron una condecoración. Ni siquiera le proporcionaron una pierna ortopédica. Durante años había llevado la condecoración con orgullo. Su licencia para manejar un manubrio en los patios le parecía la máxima recompensa. Pero un día resultó que el mundo no era tan sencillo como lo había visto en su devota simplicidad. El Gobierno no era justo. No sólo perseguía a los ladrones y asaltantes, a los infieles. Podía ocurrir, al parecer, que incluso llegase a condecorar a un criminal, puesto que encerraba a Andreas, el piadoso, aunque éste lo reverenciase. Y así actuaba también Dios: se equivovaba. Y si Dios se equivocaba, ¿seguía siendo Dios?
...
 
Otra de mis lecturas alegres. Y mi primer acercamiento a Joseph Roth, que no será la última.
Roth nos cuenta la historia de como Andreas Pum, ciudadano modélico, mutilado de guerra... feliz y orgulloso se acaba denominando a sí mismo como rebelde y, lo que es peor (para él) infiel.
 
Andreas se nos presenta como un hombre honrado, un excombatiente orgulloso... y cojo.
Con ironía y crudeza Roth nos acerca al personaje para que lo tengamos bien posicionado a la hora del... incidente.
La narración comienza en un hospital militar, donde Andreas forma parte de un grupo de sobrevivientes (más que supervivientes) que en un pabellón de heridos parecen constituir Ruinas humanas. Parece que el cuerpo humano tullido es la imagen de lo que queda de un país después de una guerra.
Desde el principio, la historia es significativa, lo que perfila es un mundo de desigualdad y deformación. De destrucción. Y en ese mundo deforme, aparece un "héroe": Sólo Andreas Pum estaba contento de como andaban las cosas." Y no es porque él se hallara intacto, no. Todo lo contrario. Andreas se había dejado (entre otras cosas) una pierna en la guerra. Pero tenía una condecoración. Y una licencia para pedir limosna. Todo eso a cambio de una sola pierna...
 
Andreas me resultó un personaje complejo, un hombre que confundía y mezclaba la religión con la política (de esos aún quedan muchos en este país), un hombre con la idea de que es Dios quien decide sobre el mundo. Antihéroe al principio, aparece como un sujeto sumiso para con el Estado, que discrimina y condena a aquellos que no piensan como él. Su conformidad y complacencia hacen que se sienta superior al resto, sobre todo por dos motivos; porque él no es un infiel, y porque tiene una condecoración.
 
Pero el destino no nos pertenece, y por la vida de Andreas se cruzan personajes variopintos que aportan mucho a la historia... hasta que aparece el señor Arnold, desencadenante de la tragedia.
Y todo se derrumba...
Andreas acabará perdiendo, durante su vida "civil", mucho más de lo que perdió en la guerra...
 
Roth me ha dicho que no sea dócil, ni sumisa... que no me conforme con migajas..
 
Acabaré diciendo que el "alegato" final del ya rebelde e infiel Andreas es... soberbio.
 
Mi voto: 8
 
 
 

martes, 4 de febrero de 2014

La lluvia amarilla

Autor: Julio Llamazares
ISBN: 978-84-322-2022-7
Género: Narrativa
Editorial: Seix Barral
Fecha publicación: 1988
Fecha edición: 2013
Páginas: 165
 
Fragmentos;
A veces uno cree que todo lo ha olvidado, que el óxido y el polvo de los años han destruido ya completamente lo que, a su voracidad, un día confiamos. Pero basta un sonido, un olor, un tacto repentino e inesperado, para que, de repente, el aluvión del tiempo caiga sin compasión sobre nosotros y la memoria se ilumine con el brillo y la rabia de un relámpago.
...
El tiempo acaba siempre borrando las heridas. El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos. Pero hay hogueras que arden bajo tierra, grietas de la memoria tan secas y profundes que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas. Uno trata de acostumbrarse a convivir con ellas, amontona silencios y óxido encima del recuerdo y, cuando cree que ya todo lo ha olvidado, basta una simple carta, una fotografía, para que salte en mil pedazos la lámina del hielo del olvido.
...
Siempre lo he imaginado así. De repente, la niebla inundará mis venas, mi sangre se helará como las fuentes de los puertos en enero y, cuando todo haya acabado, mi propia sombra me abandonará y bajará a ocupar mi sitio junto a la chimenea. Quizá eso sea la muerte, simplemente.
...
El tiempo fluye siempre igual que fluye el río: melancólico y equívoco al principio, precipitándose a sí mismo a medida que los años van pasando. Como el río, se enreda entre las ovas tiernas y el musgo de la infancia. Como él, se despeña por los desfiladeros y los saltos que marcan el inicio de su aceleración.
Hasta los veinte o treinta años, uno cree que el tiempo es un río infinito, una sustancia extraña que se alimenta de sí misma y nunca se consume. Pero llega un momento en el que el hombre descubre la traición de los años. Llega siempre un momento -el mío coincidió con la muerte de mi madre- en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como un montón de nieve atravesado por un rayo. A partir de ese instante, ya nada vuelve a ser igual que antes. A partir de ese instante, los días y los años empiezan a acortarse y el tiempo se convierte en un vapor efímero -igual que el que la nieve desprende al derretirse- que envuelve poco a poco el corazón, adormeciéndolo. Y así, cuando queremos darnos cuenta, es tarde ya para intentar siquiera rebelarse.
...
Muchas veces oí que el hombre afronta siempre solo este momento, pese a que, en su agonía, familiares y vecinos le rodeen. Al fin y al cabo, cada hombre es responsable de su vida y de su muerte y solamente a él le pertenecen. Pero sospecho -ahora que mi vida ya se acaba y la lluvia amarilla anuncia en la ventana la llegada de la muerte- que una mirada humana, una simple palabra de engaño o de consuelo, batarían quizá para quebrar, siquiera brevemente, la inmensa soledad que ahora estoy sintiendo.
...
 
"Ainielle existe -nos cuenta Julio-. En 1970 quedó completamente abandonado, pero sus casas aún resisten, pudriéndose en silencio, en medio del olvido y de la nieve, en las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto."
 
Así que lo que nos cuenta el narrador de la historia, en primera persona, es la historia de una doble agonía.
Sólo queda él en Ainielle, hasta que alguien abre el libro y se decide a acompañarle. 
Andrés, Ainielle y el lector.
 
Andrés es testigo de la desolación de su pueblo, de cómo, poco a poco, las casas van quedando vacías de vida. Todo el libro es su voz -que bien podría ser la voz de la naturaleza que llora por el abandono-, la voz airada, a ratos transformada en gemidos, de un hombre que se queda solo, que soporta día a día, inverno a invierno, la presencia más dura de esa soledad, ampliada por el eco silencioso de las montañas. Siguiendo sus palabras se llega a sentir la amargura de ser el último eslabón de una cadena...
 
No es fácil, la voz de Andrés sacude, hace daño, todo su discurso en una lenta agonía, una agonía poética (Llamazares fue antes poeta que novelista) que parece difícil que saliera de alguien como Andrés, pero no desencaja, queda claro que es la expresión del alma la que habla, que las palabras de Andrés salen de muy adentro y emergen convertidas en un torrente (poético) de amargura.
 
Y es que Andrés se ha aislado del mundo. No tiene relación con el exterior y sabe con certeza que la próxima vez que alguien que no sea él haga crujir las hojas amarillas que dejó la lluvia en su pueblo... será tarde para mirarles a los ojos.
La muerte está presente desde el principio, y, en alguna ocasión, mientras leía, recordé al Pedro Páramo de Rulfo... pero Andrés es más cercano, más palpable.
Andrés reprocha.
 
Y es que hay veces que un libro transmite demasiado.
A veces, con solo leer unas pocas páginas, sientes como te cala el frio en el cuerpo, como te va sepultando la nieve, como la lluvia amarilla va cambiando el paisaje, como Andrés te va susurrando al oído.
Desde la lejanía de su soledad.
Porque la voz de Andrés también resuena en la cabeza una vez cerrado el libro, con su voz dura, fantasmagórica, nos muestra que la soledad también cruje en los tejados, que a veces se salva con el simple ladrido de un perro, que la muerte puede tener un color amarillo...
 
Y que la noche...
queda para quien es.
 
 
Mi voto: 8
 
 
 
 
 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El desierto de los tártaros

Autor: Dino Buzzati
Título original: Il deserto dei Tartari
ISBN: 8420634476
Género: Narrativa
Editorial: Alianza
Fecha publicación: 1940
Fecha edición: 1976
Páginas: 251
 
Sinopsis:
La fascinación que desde su aparición en 1940 ha despertado "El desierto de los tártaros", la más célebre novela de Dino Buzzati (1906-1972), proviene del paisaje formal de la fábula que narra, no de su significación oculta. Con todo, la historia del oficial Giovanni Drogo, destinazo a una fortaleza fronteriza sobre la que pende una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente, se halla cargada de resonancias que la conectan con algunos de los problemas más hondos de la existencia; la seguridad como valor contrapuesto a la libertad, la progresiva resignación ante el estrechamiento de las posibilidades vitales de realización, la frustración de las expectativas de hechos excepcionales que cambien el sentido de la existencia.
 
Fragmentos;
 
Se hacía la ilusión, Drogo, de ejercer una venganza a largo plazo, creía tener aún una inmensidad de tiempo a su disposición, renunciaba así a la vulgar lucha por la vida cotidiana. Llegará un día en que ajustaremos todas las cuentas con creces, pensaba, pero, entretanto, los otros se lanzaban, se disputaban el paso ávidamente para ser los primeros, adelantaban el la carrera a Drogo, sin hacerle caso siquiera, lo dejaban atrás. Él los veía desaparecer al fondo, perplejo, preso de dudas insólitas: ¿y si hubiese estado equivocado en realidad? ¿y si fuera un hombre común y corriente, a quien por derecho sólo le corresponde un destino mediocre?
...
Entretanto el tiempo corría, su latido silencioso mide cada vez más precipitado la vida, no podemos parar ni un instante, ni siquiera para echar una ojeada atrás. "¡Detente, detente!" -nos gustaría gritar, pero comprendemos que es inútil. Todo huye -los hombres, las estaciones, las nubes- y de nada sirve aferrarse a las piedras, resistir sobre algún escollo, los dedos, cansados, se abren, los brazos se aflojan inertes; nos vemos arrastrados de nuevo por el río, que parece lento, pero nunca se detiene.
...
Poco a poco la confianza se debilitaba. Es difícil creer en algo cuando uno está solo y no puede hablar de ello con nadie. Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los hombres, por mucho que se quisieran, siempre permancen alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca soledad en la vida.
...
En efecto, avanzaba contra Giovanni Drogo el último enemigo. No hombres semejantes a él, atormentados como él por deseos y dolores, de carne que podía herirse, con caras que se podían mirar, sino un ser omnipresente y maligno; no había que combatir en lo alto de las murallas, entre estruendo y gritos exaltantes, bajo un cielo azul de primavera, con amigos al lado cuya vista reanimaba el corazón, con el acre olor a pólvora y descargas, con promesas de gloria. Todo ocurrirá en la estancia de una desconocida posada, a la luz de una vela, en la más desnuda soledad. No se combate para regresar coronados de flores, en una mañana de sol, entre sonrisas de mujeres jóvenes. No hay nadie que mire, nadie que le llame valiente.
"Valor, Drogo"
...
 
 
Difícil debe ser que alguien lea esta novela y quede impasible, es, sin duda alguna, de las más duras que haya leído (y que conste que mis lecturas no suelen ser "divertidas").
Y eso que la trama es más bien simple; Un narrador nos cuenta la vida del teniente Giovanni Drogo, destinado a una Fortaleza fronteriza...y la espera constante del ataque enemigo.
Pero no hay sangre, ni luchas cuerpo a cuerpo. Lo que aquí hay es terror, pero no un terror debido a la posible guerra. No. Es un miedo profundo el que siente el lector, una corrosión interna.
Y Buzzati, para asustarnos, lo único que necesita es encerrar al hombre.
No nos habla de la guerra, nos habla de la vida, del inexorable paso del tiempo, de sueños y pesadillas... de estancamiento.
Buzzati no nos da respiro, pese a la cadencia, a la lentitud y similitud de los días...
 La historia rezuma pesimismo, llega a ser agobiante la espera, la duda de lo que vendrá pero... no pude dejar solo a Drogo en su eterna espera(nza).
 Nos enseña la inmensidad del horizonte que se observa desde la Fortaleza, el narrador nos repite unas cuantas veces, en palabras de habitantes que ya llevan tiempo allí, lo fácil que sería salir de ella si se quisiera. Drogo tiene esa posibilidad, y al llegar decide que pronto saldrá. Pero nadie sale de ella, nadie se decide a abandonarla, y eso que ni el paisaje es alentador; es un paisaje desolado, casi apocalíptico, ni tampoco tiene nada de alentador la vida dentro de la Fortaleza; allí todo es rigor militar, no hay escenas felices, no hay concesiones para el bienestar....
Y van pasando los días en medio de esos muros, de recintos militares, de contraseñas y reglamentos. 
Drogo no se siente uno de ellos, piensa que un día se irá... pero siguiéndolo, parece un insecto atrapado en una tela de araña... siguiéndolo, dan ganas de gritarle que salga de ahí, de alargar la mano y destruir la trampa.
 Pero Drogo no me oye, ni la trampa es palpable...y acaba, como el resto de los habitantes, estancado en la eterna espera...
 
La decisión de abandonar y empezar una nueva vida se va posponiendo indefinidamente, y espero, con Drogo, el combate, y me siento, con él, atraída por el inmenso desierto, que parece ser a la vez, la nada y la esperanza...
 
Y al llegar al final, con un nudo en la garganta, con (lo reconoceré sin vergüenza) los ojos húmedos, me pregunto a mí misma...¿es a Drogo a quien realmente quieres advertir del peligro del estancamiento?
 
Esta es una de esas lecturas que recomendaría, sabiendo que encontrará lectores reacios, pero... lo bueno es más bueno si cuesta, si requiere esfuerzo y valor para pasar página(s)...
Y si no... que Drogo os explique sus miserias..
 
Creo que envejecí un poco junto a Giovanni...
 
"¿Por qué calles y plazas aprisa se vacian
y todos vuelven a casa compugnidos?
 
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.
 
¿Y qué va a ser ahora de nosotros sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución."*
 
*(Fragmento de el poema "Esperando a los Bárbaros", de Cavafis)
 
Mi voto: 9
 
Cine;
-El desierto de los tártaros. 1976. Valerio Zurluni. (Italia)
 
 
 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Amor y basura - Ivan Klíma

Autor: Ivan Klíma
Título original: Láska a smetí
ISBN: 9788496834200
Género: Narrativa
Editorial: Acantilado
Fecha publicación: 1986
Fecha edición: 2007
Páginas: 282
 
Sinopsis;
El protagonista de Amor y basura es un escritor que se ve convertido en barrendero por la censura estatal, y que comparte con los otros miembros de la brigada de limpieza a la que pertenece un similar afán de evasión. Este deseo de elevarse por encima de la realidad, y la imposibilidad material de despegarse de ésta, crean una disyuntiva que constituye el núcleo de esta historia, una bellísima novela en la que Klíma reivindica no solamente la necesidad de la memoria, sino el papel de la literatura en la conformación de la vida personal y de la historia colectiva.
 
Fragmentos;
 
De niño vivía en las afueras de la ciudad, cerca del aeropuerto de Kbely, en una casa que lindaba con una posada. Poco antes del mediodía solía pasar por allí el barrendero municipal. Se detenía con su carretilla en el patio donde los cocheros dejaban sus caballos, sacaba una pala de la carretilla, y, casi como si de un ritual se tratase, barría las boñigas de los caballos y otras inmundicias, las echaba en la carretilla, luego arrimaba ésta a la pared y se iba a la barra. A mí me gustaba: llevaba una gorra de visera, aunque no era de capitán, y un bigote rizado en recuerdo de nuestro último emperador. Su profesión también me gustaba; pensaba que era sin duda de las más importantes que el hombre podía ejercer y que por ello los barrenderos gozaban de tanto respeto.
En realidad, ocurría lo contrario: nunca se había valorado a los trabajadores que limpiaban el suelo de basura o de ratas. Recientemente leí que hace doscientos años un yesero despechado fue detenido y conducido al patíbulo tras haberle rajado la cara, los labios y los hombros con un cuchillo a su amada en la Iglesia de San Jorge. Finalmente, fue indultado a cambio de la pena de limpiar durante tres años las calles de su ciudad. En general, sólo gozaban de respeto aquellos que limpiaban la tierra de la inmundicia humana, ya fueran alguaciles, jueces o inquisidores.
...
 
La última noche de soltería la mayoría de los hombres se emborrachan, pero yo no lo hice. No por principios, simplemente no se me ocurrió. Sin embargo, pasé la noche prácticamente en blanco, presa de la angustia.
No eran dudas sobre mi elección lo que me afligía, sino la conciencia de haberme decidido de una vez para siempre. Intuía que el mayor placer para mí no era encontrar a la persona amada siempre a mi lado; al contrario, necesitaba alargar la mano en el vacío de vez en cuando, dejar madurar el deseo hasta que doliera, alternar la angustia de la separación con el consuelo del reencuentro, la posibilidad de la huída con el retorno, vislumbrar ante mí una luz errante, la esperanza de que el encuentro definitivo todavía estaba por llegar.
El hombre se resiste a aceptar que lo más esencial de su vida ya ha pasado, que todas sus esperanzas ya se han colmado. Se niega a mirarle a los ojos a la muerte, y pocas cosas se acercan tanto a la muerte como el amor correspondido.
...
 
Cuando, una vez terminada la guerra, me enteré de que todos aquellos a los que yo quería, todos a los que conocía, estaban muertos, de que todos habían sido gaseados como insectos o incinerados como basura, se apoderó de mí la desesperación. Casi todas las noches caminaba con ellos, y entraba en un espacio cerrado donde todos estábamos desnudos y donde de repente empezábamos a asfixiarnos. Yo intentaba gritar, pero no podía; en cambio, oía el estertor de los demás y veía como sus rostros se retorcían y se deformaban. Me despertaba aterrado, me daba miedo volver a dormirme y me esforzaba por mantener los ojos abiertos a la oscuridad, que estaba vacía. En esa época dormía en la cocina, muy cerca de los fogones. Una y otra vez me levantaba para convencerme de que no había fugas de gas. Tenía claro que seguía vivo por error, por un descuido del destino que podía ser enmendado en cualquier momento. El horror y la angustia me abatieron hasta el punto que acabé enfermando. Mi dolencia tenía a los médicos totalmente confundidos; buscaban con insistencia el camino por el que ese microbio había llegado hasta mi corazón, pero no daban con la puerta correcta.
...
 
Aquellos que están más cerca de nosotros son los que menos nos ven: acaban percibiéndonos de memoria.
...
 
Mi querida Lída se equivoca al creer que los barrenderos deberían sentirse marginados o humillados. Al contrario, podrían considerarse, si ellos quisieran, la sal de la tierra, los sanadores de un mundo que corre el peligro de asfixiarse.
...
 
Hay que leer a Kafka.
Hay que descubrir a Klíma.
¿Quién es el escritor reconvertido a barrendero? No se nos dice su nombre, sólo que es un escritor checo, perseguido y censurado por el comunismo, que se ve obligado a dejar de empuñar en sus manos una pluma y cambiarla por una escoba. A dedicarse a borrar la basura de las calles por no crear literatura en la que no cree.
"Me han puesto un chaleco que me oprime. Podría quitármelo, incluso arrojarlo con un gesto de desdén y marcharme a alguna parte donde nadie me obliagara a aponérmelo, pero sé que no lo haré, ya que con él debería renunciar también a mi país."
 
El libro empieza con la llegada del protagonista  a un vestuario. Su primer día en la brigada de limpieza, y para mezclarse entre ellos lo primero que necesita para silenciar su individualidad es un uniforme (todos iguales), la pieza principal, como no...ese chaleco naranja que le oprime.
Ese cambio de ropa es como una muda de piel, como un intento de aplacar sus deseos... y es que fuera de ese chaleco el protagonista siente que su presencia resulta incómoda al resto de la sociedad. Vestirlo lo redime y lo convierte en uno de ellos. Un uniforme para sentirse integrado.
Ya "vestido" como ellos, reflexiona -junto al que se decida a leerle, al que dedida renunciar a la literatura Yerkish;-
"Hace poco leí en un periódico estadounidense la alentadora noticia de que catorce subnormales profundos e incapacitdos para el lenguaje habían aprendido yerkish. Éste es el nombre que recibe un lenguaje de doscientas veinticinco palabras desarrolado en Atlanta para la comunicación entre personas y chimpancés.
Inmediatamente se me ocurrió que por fin habían encontrado una lengua en la que podría expresarse el espíritu de nuestro tiempo... que sería la lengua del futuro."
 
...Reflexiona sobre su vida, sobre la "basura" presente en ella y la necesidad de reciclarla. Y va saltando, sin previo aviso, del pasado al presente, de las calles que limpia a lo que en su interior está por limpiar...
Y leyéndolo, empecé a preguntarme por qué ese título...
El lenguaje corrompido es basura, el sistema es basura... ¿qué debo yo esforzarme por limpiar?
La basura es omnipresente, se apodera de todo, todo lo ocupa y lo controla. El Estado, sí. Quienes nos gobiernan se dedican a ocultar y manipular la hitoria a su antojo (y estamos en las calles de Praga, pero bien podrían ser las calles de mi ciudad) y para ello se dedican a hablarnos en yerkish, tratándonos como chimpancés.
No quiero aprender ese idioma.
 
Pero hay mucho más;
Kafka es también omnipresente y a través de él, el protagonista reflexiona duramente sobre su oficio (el que no necesita de uniforme)...las páginas también están salpicadas del dilema moral de la infidelidad, la indecisión, la claridad y la culpa.
Klíma excarva entre los deshechos... porque la basura es también una modo de observar el mundo.
Y, por supuesto, las menciones a su padre durante diversos momentos de su existencia, fueron para mí de las partes más dolorosas del libro (y tiernas)...
 
Y es que, al final, Amor y basura, más que una novela, es como una dolorosa confesión.
Es quitarse el uniforme.
 
 
Seguí por las calles sucias y grises a Klíma, con su chaleco opresor y su escoba, sentí, con él, la impotencia, me sumergí en sus dudas...
Y evoqué a mi padre...
 
Mi voto; 9
 

martes, 20 de agosto de 2013

El juguete rabioso - Roberto Arlt

Autor: Roberto Arlt
ISBN: 9789500300216
Género: Literatura contemporánea
Editorial: Losada
Fecha publicación: 1926
Fecha edición: 2007
Páginas: 192
 
Sinopsis:
Roberto Arlt, cuya fama crece con el paso del tiempo, nació en 1900 y murió en 1942, en Buenos Aires, dejando una obra cuya simensión se proyecta hoy sobre toda la literatura argentina. Si bien su producción culmina con Los siete locos, su primera novela, El juguete rabioso (1926), le abrió ya los caminos a la notoriedad.
Esta novela se considera con justicia un hito en la historia de la literatura argentina. En un panorama narrativo donde prevalecía el ambiente rural y los conflictos se presentaban idealizados, El juguete rabioso se ambienta decididamente en la ciudad, con intensa carga crítica, a través de situaciones límites de traición, robo y degradación.
 
Fragmentos;
 
(...) Pasamos junto a un balcón iluminado.
Un adolescente y una niña conversaban en la penumbra; de la sala anaranjada partía la melodía de un piano.
Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y de congoja.
Pensé.
Pensé en que yo nunca sería como ellos... nunca viviría en una casa hermosa y tendría una novia de la aristocracia.
Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y de congoja.
-Ya estamos cerca -dijo la mujer.
Un amplio suspiro dilató nuestros pechos.
...
Algunas veces  en la noche yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron al mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena como una boca con un grito.
Pensaba en las fiestas a que ellos asistieron, las fiestas de la ciudad, las fiestas en los parajes arbolados con antorchas de sol en los jardines florecidos, y de entre las manos se caía mi pobreza.
Ya no tengo ni encuentro palabras con las que pedir misericordia.
Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma.
Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la desesperación pobló súbitamente en su carne, de mil bocas grandiosas, de dos mil labios gritadores.
A mis oídos llegan voces distantes, resplandores pirotécnicos, pero yo estoy aquí solo, agarrado por mi tierra de miseria como con nueve pernos.
...
Me dije:
-Y así es la vida, quejarse siempre de lo que fue. -Con cuánta lentitud caían los hilos de agua. Y así era la vida. Dejé el plato en tierra, para agrandar mis cavilaciones con estas ansiedades.
¿Saldría yo alguna vez de mi ínfima condición social, podría algún día convertirme en un señor, dejar de ser el muchacho que se ofrece para cualquier trabajo?
Pasó un teniente y adopté la posición militar... Después me dejé caer en un rincón y la pena se me hizo más honda.
...
-No me importa no tener traje, ni plata, ni nada -y casi con vergüenza me confesé:
Lo que yo quiero es ser admirado de los demás, ser elogiado. ¡Qué me importa ser un perdulario! Eso no me importa... Pero esta vida mediocre... Ser olvidado cuando muera, esto sí que es horrible.¡Ah, si mis inventos dieran resultado! Sin embargo, algún día me moriré, y los trenes seguirán caminando, y la gente irá al teatro como siempre, y yo estaré muerto, bien muerto... muerto para toda la vida.
...
¡Tribulación humana! Cuántas palabras tristes estaban aún escondidas en las entrañas del hombre.
...
Y llegué a la inevitable conclusión.
-Es inútil, tengo que matarme.
Lo había previsto vagamente.
(...) Envidiaba a los cadáveres en torno de cuyos féretros sollozaban las mujeres hermosas, y al verlas inclinadas al borde de los ataúdes se sobrecogía dolorosamente mi mascuinidad.
Entonces hubiera querido ocupar el suntuoso lecho de los muertos, como ellos ser adornado de flores y embellecido por el suave resplandor de los cirios, recoger en mis ojos y en la frente las lágrimas que vierten enlutadas doncellas.
(...)-Yo no he de morir... pero tengo que matarme.
...
 
 
"Cuando después de una aparatosa despedida me encontré lejos, solo en las calles iluminadas, todavía en mis oídos sonaba su enronquecida voz:
-La "struggle for life", che... unos se regeneran... otros se caen... ¡así es la vida!"

Y así es la vida de Silvio Astier, una constante caída.
Mi héroe convertido en antihéroe.

Arlt lo deja claro; el hombre está indefenso frente a la sociedad, una sociedad que oprime y exprime al individuo. Y Silvio, el pobre individuo Silvio, con una niñez marcada por las privaciones, falto de la figura paterna y con una madre que sacaba lo justo para poder mantener a sus hijos, descubre un escape, una realidad alternativa (que le acompañará hasta el final) en la lectura, muchas de esas lecturas historias de bandoleros.

Y Silvio sueña. Sueña con ser inventor, aún a falta de recursos. Sueña con viajar a Europa, aún a falta de billete de ida.
No hay manera de que sus ilusiones se cumplan, todos sus planes acaban cayendo. Uno tras otro. Y con ellos va cayendo Silvio en una vorágine de rabia. Van pasando las páginas y van aumentando y haciéndose más fuertes las palabras de Silvio en torno a la humillación que siente, porque todo se va truncando.
Él sólo quiere ser feliz, ganar dinero, no convertirse en esos "hombres que llevan cuellos sucios, camisas zurcidas, traje color vinoso y botines enormes, porque en los pies le han salido callos y juanetes de tanto caminar solicitando de puerta en puerta un trabajo en que ganarse la vida".
Y así, forzosamente, para el héroe que aún es Silvio, su futuro se le presenta pesimista; "Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma".

Y Silvio, el pobre Silvio, en lucha contra esa sociedad, sólo para revelarse, para demostrarse a sí mismo que existe entre todos ellos, utiliza sus sueños y sus delirios contra la sociedad ... Silvio quisiera sacudir sus golpes a los poderosos, a sus contrarios, pero su impacto no alcanzará más allá que a los miserables, a sus iguales. Adiós al héroe.

Y Silvio, que empezó siendo un juguete del destino y la sociedad, va experimentando poco a poco ese aumento del sentimiento de humillación e impotencia al ver como sus sueños se van rompiendo por causa de esa sociedad. Y así se puede entender un poco mejor su transformación, porque cómo si no entender, cuando le "ofrecen" un plan que podría reconstruir esos sueños rotos. Silvio, el pobre Silvio, sin motivo aparente... cambiara de plan.

La rabia de Silvio, es una rabia "viva" por la vida. Por permenacer.
Y amargamente llegué al final. Un final que parece ser una exaltación al "no ser".
Un final de dudas. No entiendo a Silvio, aunque a veces sí...
No sé si Silvio se ha salvado (de él o de la sociedad).
Y aunque él mismo diga que todo le sorprende, que tiene la sensación de haber venido a la tierra hace una hora, de que la vida es linda y saberlo le alegra...

No, Silvio... aunque llegues al sur... al Neuquén... allá donde hay hielos y nubes... y grandes montañas... Seguirás cayendo. Porque ese individuo renovado del final, ese hombre nuevo que te sientes, tiene el vacío propio de la insatisfacción..
 
 
Mi voto: 8
 
 
Cine;
-El juguete rabioso. A. Di Salvo/J.M. Paolantonio (1984, Argentina)
-El juguete rabioso. Javier Torre. (1998, Argentina)
 
 
 

jueves, 1 de agosto de 2013

Las benévolas - Jonathan Littell

Autor: Jonathan Littell
Título original: Les Bienveillantes
ISBN: 9788489662520
Género: Literatura contemporánea
Editorial: RBA
Fecha de edición: 2007
Fecha de publicación: 2006
Páginas: 978
 
Sinopsis:
Jonathan Littell nos hace revivir los horrores de la Segunda Guerra Mundial desde el lado de los verdugos, al mismo tiempo da cuenta de una vida como pocas veces se ha hecho. Las benévolas es la epopeya de un ser arrastrado por su propio recorrido y por la historia.
 
"Uno cree saberlo todo ya sobre el vertiginoso salvajismo con que lo nazis se encarnizaron en su afán por liquidar judíos, Jonathan Littell nos revela que no, que todavía fue peor, que los crímenes, la inhumanidad de los verdugos, alcanzaron cimas más altas de monstruosidad de lo que creíamos. Son páginas que quitan el habla."
-Mario Vargas Llosa-
 
Fragmentos;
 
Pese a mis fallos, que han sido muchos, no he dejado de ser esos que opinan que las únicas cosas indispensables para la existencia humana son respirar, comer, beber, defecar y buscar la verdad. El resto es facultativo.
...
 A este ritmo, espero llegar algún día al estado de gracia de Jérôme Nadal y no tener inclinación por nada que no sea no tener inclinación por nada.
...
Cerca de mí traían a otro grupo: se me cruzó la mirada con la de una chica joven y guapa, casi desnuda, pero muy elegante, tranquila, con los ojos llenos de una inmensa tristeza. Me alejé. Cuando volví, todavía vivía, medio caída de espaldas; una bala le había salido del cuerpo, debajo de un pecho, y jadeaba, petrificada; le temblaban los lindos labios, que parecían querer articular una palabra; me miraba fijamente con aquellos ojos grandes, sorprendidos e incrédulos, unos ojos de pájaro herido; y aquella mirada se me clavó, me abrió de arriba a abajo el vientre y dejó salir un chorro de serrín; yo era un vulgar muñeco y no sentía nada y, al tiempo, quería con toda el alma inclinarme y limpiarle la mezcla de tierra y sudor de la frente, acariciarle la mejilla y decirle que no pasaba nada, que todo saldría de la mejor forma posible; pero, en vez de eso, le metí compulsivamente una bala en la cabeza, lo que, en última instancia, venía a ser lo mismo en lo que a ella se refería, en cualquier caso, aunque no para mí, pues a mí, al pensar en aquel despilfarro humano insensato,  me invadía una rabia inmensa, desmedida; seguía disparándole, la cabeza le había reventado, como una fruta; entonces, se me desprendió el brazo y se fue solo por el barranco, disparando a todos lados; yo lo perseguía, haciéndole señas con el otro brazo para que me esperase, pero no quería, se burlaba de mí y les disparaba el sólo a los heridos, prescindiendo de mí y les disparaba él solo a los heridos; al fin, sin resuello, me detuve y me eché a llorar. Se acabó, pensaba; mi brazo no volverá nunca, pero, para sorpresa mía, allí estaba, en su sitio, sólidamente unido al hombro; y Häfner se acercaba y me decía; Déjelo ya, Obersturmführer. Yo lo sustituyo.
...
Allí, bajo la luz del verano, pensaba en aquella decisión que habíamos tomado, en aquella idea extraordinaria de matar a todos los judíos, fueren quienes fuesen, jóvenes o viejos, buenos o malos, de destruir el judaísmo destruyendo a quienes lo portaban en sí, una decisión bautizada con el nombre, bien conocido ya, de Solución Final.
...
-El pasado se acabó, Max.
-El pasado no se acaba nunca.
...
 
En mi primer intento, el libro pudo conmigo, me rendí y lo aparqué a las pocas páginas. Pero algo quedó ahí... Me ha pasado con algún que otro libro (no muchos, no suelo dejarlos a medias) que termina agobiándome o aburriéndome su lectura y ahí están, en la estantería, sin que me hallan vuelto a "llamar". No fue el caso de Las benévolas, cuando me acercaba a ella (a la estantería) siempre parecía gritarme el Señor Aube si pensaba quedarme sin "oír" su particular historia. Y cayó. Vaya si cayó...
Y es que sus casi mil páginas asustan, su densidad abruma, pero una vez superados y asumidos esos miedos me vi inmersa en una pesadilla alucinante, cruel y poderosa...
Hace algún tiempo ya de aquel mal sueño y pese a mi mala memoria, releyendo para buscar algún fragmento que colgar, recuerdo las sensaciones que me provovó, recuerdo que Max Aue -el protagonista- me pareció un muerto en vida. Y creo que entendí algo más...
 
El "Señor" Aue, oficial de las SS, nos cuenta, una vez terminada ésta, sus experiencias en la II Guerra Mundial, contadas (y creo que esta es una de las claves del libro) como si nos estuviera haciendo un informe de su trabajo, del trabajo de un empleado público que se enorgullece de su trabajo, que participa en el desarrollo y gestión de los campos de concentración y exterminio con la frialdad y profesional exigida a un "trabajador", a veces parece no haber rastro de humanidad, sólo de profesionalidad... Esto me planteó muchos interrogantes, me dejó boquiabierta en más de una ocasión y me creó algún que otro dilema moral...
 
Pero al Aue "persona" (calificarlo de humano me parece demasiado) lo llegamos a conocer también, sí. Es culto y elegante, pero también misógeno y con un instinto depravado e incestuoso. Un muerto en vida que mata sin mancharse las manos de sangre.
Creo que también para poder acabar el libro, hay que aparcar el juicio al hombre (a Aue), porque de lo contrario será difícil llegar a conocerlo. Hay que ponerse en su lugar, preguntarse qué habríamos hecho en su caso, que sí, que ya se la respuesta "yo no lo hubiera hecho".
Yo tampoco.
Ahora es fácil.
 
Creo que esa es otra de las claves del libro. La culpa; "¿Es culpable, por ejemplo, el guardagujas del ferrocarril de la muerte de los judíos a quienes encarriló hacia un campo de extermino?" " ¿Soy culpable? Vosotros habríais hecho también lo que yo hice. A lo mejor tuvísteis más suerte que yo, pero no sois mejores".
 
No creo que Littell haga apología del nazismo, en realidad, creo que no hace apología más que del sentido común, de la sinceridad con uno mismo, del hecho de ser consecuentes con los propios actos, aunque éstos sólo sean un acto de obediencia, de miedo o de protección.
 
Como todo Best seller, en su día le salieron muchas y variadas malas críticas.
No es un libro que yo recomendaría a cualquiera, no porque me pareciera un mal libro, no, más bien porque no se trata de una novela "al uso". Es densa como pocas, es una mezcla de novela y ensayo, los diálogos son casi novelados, con algunas escenas muy, muy crueles, con algunas otras escatológicas...
La miseria moral chorrea y desborda páginas y páginas...
Y acabas, en alguna ocasión, sintiéndote como el protagonista, muerta en vida.
Porque, reconozcámoslo, no es tan lejano a cualquiera de nosotros.
Y eso aterra...
 
 
Aquí; (Tocata) podréis leer el capítulo inicial, que es a su vez la presentación del personaje por sí mismo. Como aperitivo... ¿indigesto?
 
 
Mi voto;  7